domingo, 8 de enero de 2017

El extraño caso del libro electrónico

Se abrió paso como una espléndida invención sin pensar en los riesgos que entraña

La tecnología ejerce una extrañísima fascinación sobre los consumidores. Hay motivos de sobra para creer que si un aparato deslumbrante y absolutamente inútil se pusiera a la venta como novedad (y no digamos como innovación), los clientes habituales se pondrían a la cola y se darían empujones hasta conseguirlo.

El caso más desconcertante de seducción masiva es el del libro electrónico. Desde el primer momento se abrió paso como la espléndida invención que estábamos esperando. Como si nuestra biblioteca se hubiera convertido en una insoportable carga cuyo peso no nos veíamos capaces de acarrear durante más tiempo, el libro electrónico irrumpió en nuestras vidas para acabar de una vez con los estorbos. Según los publicistas, el ingenio ha acabado con los ácaros, con los agobiantes problemas de espacio en las estanterías, con el enojoso ir y volver cargado como una mula de las librerías. Se acabó eso tan poco higiénico de mojarse el pulgar para pasar página, o lo de usar como punto de lectura un recorte de periódico. Basta ya de agitar el plumero para quitar el polvo incrustado en los lomos. Nunca más eso de prestar libros que no te devuelven. La tecnología ha sentenciado el fin del libro de papel y así concluyen los nocivos hábitos aparejados al viejo artefacto de Gutenberg.

La tecnología ejerce una extrañísima fascinación sobre los consumidores. Hay motivos de sobra para creer que si un aparato deslumbrante y absolutamente inútil se pusiera a la venta como novedad (y no digamos como innovación), los clientes habituales se pondrían a la cola y se darían empujones hasta conseguirlo.

El caso más desconcertante de seducción masiva es el del libro electrónico. Desde el primer momento se abrió paso como la espléndida invención que estábamos esperando. Como si nuestra biblioteca se hubiera convertido en una insoportable carga cuyo peso no nos veíamos capaces de acarrear durante más tiempo, el libro electrónico irrumpió en nuestras vidas para acabar de una vez con los estorbos. Según los publicistas, el ingenio ha acabado con los ácaros, con los agobiantes problemas de espacio en las estanterías, con el enojoso ir y volver cargado como una mula de las librerías. Se acabó eso tan poco higiénico de mojarse el pulgar para pasar página, o lo de usar como punto de lectura un recorte de periódico. Basta ya de agitar el plumero para quitar el polvo incrustado en los lomos. Nunca más eso de prestar libros que no te devuelven. La tecnología ha sentenciado el fin del libro de papel y así concluyen los nocivos hábitos aparejados al viejo artefacto de Gutenberg.

La conversación con el librero, en la que concluye el laberíntico sendero que conduce a los libros que no buscamos, el intuitivo encuentro con la obra de un nuevo autor, el íntimo discurrir del lector que a nadie da cuentas, el libérrimo gesto del que elige sin dejar huellas de lo que hace, el ejercicio de hojear y ojear un libro para saber si nos conviene, el fulminante vistazo con que uno entiende lo que hace el editor, el perfume que destilan la cola del encuadernador, el papel y la tinta del impresor, ese mirar de reojo lo que compra una desconocida, los fetichistas que guardan los libros firmados de puño y letra por el autor, los coleccionistas que conservan las dedicatorias como el rastro de una devoción… Toda esta sensualidad desaparecerá al fin.

La teoría política que reconoce como un logro moral de la Historia la autonomía y privacidad del individuo, considera escandaloso el yugo mercantil de la tecnología. El usuario del libro electrónico no es propietario de sus libros. No podrá dejarlos en herencia. No puede prestarlos. A diferencia del lector instalado en su biblioteca de papel, el abonado al libro electrónico acepta una dependencia inconcebible: pagar una y otra vez, cuantas veces se le exija, el acceso a “su” biblioteca. Cuando la pantalla de su terminal se agote, cuando los programas sean obsoletos, cuando las aplicaciones no sean actualizadas, cuando al servidor (sic) le convenga, cuando al fabricante le urja… Y eso después de hacer cedido al propietario de la “nube” la potestad de abrir o cerrar cuando le parezca bien el acceso a ciertos ejemplares de la biblioteca.

Si ya resulta patético este paga que te paga voluntario, no te digo lo que puede llegar a ser la renuncia deliberada a la privacidad. Ser vigilado, computado, censado o rastreado por un algoritmo no es menos inofensivo que serlo por un inquisidor. Que nuestros gustos intelectuales y preferencias estéticas sean archivadas en un gigantesco almacén de identidades y vendidas al mejor postor, no es algo que uno deba tolerar alegremente. Podría ocurrir que se nos imponga. Pero que al menos sea sin nuestro consentimiento. Ni nuestro dinero.

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2017/01/07/catalunya/1483814441_648534.html?id_externo_rsoc=FB_CC

miércoles, 27 de julio de 2016

12 MARCAS QUE DEBEN SU NOMBRE A LA LITERATURA

Grandes empresas y literatura. Así a priori puede parecer una relación complicada por las pocas cosas en común que tienen estos dos campos, pero no siempre tiene por qué ser así. De hecho, a lo largo de la historia han sido varias las compañías nacionales e internacionales que han echado mano de los libros y de la mitología para adoptar un nombre.

1. Indra: El gigante empresarial español comparte nombre con el rey de los dioses de la mitología hinduista. Es el héroe y la figura central del Rig-veda, un libro sagrado del hinduismo.

indra

2. Starbucks: La compañía debe su nombre a un personaje de la novela ‘Moby Dick’. Pese a que la primera idea era el nombre de Pequod, finalmente los socios terminaron inclinándose por Starbucks, nombre del primer barco que acechaba a la ballena.

starbucks

3.- Montecristo: La marca cubana de puros debe su nombre a la novela ‘El Conde de Montecristo’. Además en la etiqueta aparecen espadas cruzadas y flores de lis para hacer más patente la relación.

montecristo

4.- Anís del Mono: Solo 11 años después de la publicación de ‘El origen de las especies’ de Charles Darwin se creó la etiqueta de Anís del Mono en la que se veía al científico con cuerpo de mono y un pergamino.

anis

5.- Yahoo: En los Viajes de Gulliver, el protagonista llega a un país en el que habitan los ‘yahoo’, unos series sucios y desagradables muy parecidos a los humanos. Los fundadores de la compañía usaron el nombre porque uno de sus padres les llamaba así.

yahoo

6.- Nike: La mitología griega también aparece en las marcas. Esta compañía se llamaba en su origen Blue Ribbon Sports, pero cambió su nombre en homenaje a Niké, la diosa de la victoria para reflejar los valores de sus productos deportivos. La mermelada Helios o Hero son otros ejemplos.

nike

7.- Zara: En 1975, Amancio Ortega intentó registrar su tienda de ropa en La Coruña con el nombre de Zorba, en honor a la novela y a la película ‘Zorba el griego’, pero se encontró el problema de que ya se llamaba así una cafetería, por lo que eligió uno parecido e igual de sonoro.

zara

8.- Canon: Su primer modelo de cámara en 1934 fue bautizado como Kwanon, en honor a Kuan Yin, la diosa budista de la misericordia.

canon

9.- Romeo y Julieta: Marca de puros fundada en 1875 que homenajea la célebre obra de Shakespeare. Es famosa internacionalmente porque Winston Churchill era uno de sus más devotos fumadores.

romey y julieta

10.- Captain Morgan: Esta marca de ron recibe su nombre por el pirata Henry Morgan, azote de los españoles en el siglo XVII.

captain

11.- Ajax: Ajax era uno de los héroes de la Ilíada, relato de Homero sobre la Guerra de Troya. Un guerrero de gran estatura y fuerza, el segundo más poderoso de su bando tras Aquiles. Y también desde hace años el nombre de una potente marca de limpieza.

ajax

12.- Apple:  No está claro el origen del logo de Apple y hay distintas teorías, pero una de las más reconocidas es que en el primer logo de la compañía, en 1976, se veía a Isaac Newton leyendo un libro debajo de un árbol con la manzana del descubrimiento a punto de caer sobre su cabeza.

apple

https://queleer.com.ve/2016/02/17/12-marcas-que-deben-su-nombre-a-la-literatura/